Lo peor sería perder la esperanza

El 4 de septiembre de 1958, hace casi 70 años, cuando aun estaba estudiando periodismo en la U. de Chile, me encomendaron la tarea de acompañar al candidato Eduardo Frei Montalva durante toda la jornada electoral. Fue una de mis primeras prácticas en la revista Ercilla, de la cual llegaría a ser sub-director muchos años después. Fue un día lleno de emociones incluyendo un terremoto en Las Melosas, en el Cajón del Maipo, que se sintió con fuerza en Santiago. Frei, que nunca le tuvo simpatía a los sismos, salió a la puerta de su casa y, aparte de saludar cordialmente, no hizo más comentarios que los típicos de cualquier chileno en parecida ocasión.

Esa tarde, en algún momento tuvo una conversación más seria con sus asesores acerca de cómo celebrarían –públicamente- un eventual triunfo esa noche. Fue una primera lección: aunque la competencia sea dura y sin muchas expectativas, un candidato debe considerar siempre todas las posibilidades.

Ya sabemos lo que pasó.

Ganó Jorge Alessandri con 389.909 votos (31,56 por ciento). Lo siguió Salvador Allende quien obtuvo 356.493 sufragios (28,57 por ciento). Los tres restantes candidatos (Eduardo Frei, Luis Bossay y Antonio Zamorano) tuvieron resultados disímiles: Bossay selló la declinación del Partido Radical iniciada con la elección de Carlos Ibáñez y su escoba en 1952, y Zamorano plantó para siempre la duda acerca de sus motivaciones que precipitaron la derrota de Allende.

Frei, con el apoyo de la DC, fue candidato nuevamente en 1964 y, como sabemos, ganó la elección y obtuvo una significativa mayoría en el Congreso que le permitió poner en marcha su “Revolución en Libertad”.

Imagino ahora que Carolina Goic debe pasar por un parecido proceso. La política chilena está repleta de ejemplos de resiliencia, la capacidad de sobrevivir al desastre e intentar superar nuevos desafíos. La primera condición, desde luego, es tener la voluntad y las ganas de repetir el ejercicio. Fue lo que hizo Frei.

La segunda condición –la más difícil- es lograr el respaldo de su partido unido, generoso y con ideas claras. En 1958, tras la derrota, nadie bajó las banderas. Y, en el teatro Continental (rebautizado ahora como Coliseo), Radomiro Tomic hizo un vibrante llamado a los jóvenes a confiar en el futuro, a seguir trabajando como lo habían hecho hasta entonces.

Frei había dicho que “lo peor es perder la esperanza”. Y, ante el peligro de equivocar el rumbo, él mismo había hecho años antes una premonitoria advertencia en Política y Espíritu: “Hay un mal que en un momento dado puede corromper a los partidos y su objeto, y él surge cuando el espíritu del partidismo se enseñorea. Entonces el partido se transforma en bando, la razón cede a la consigna: la ventaja de grupo supera y desborda el concepto del bien común; el éxito del ‘correligionario’ o del ‘camarada’, es la ley suprema, y en el espíritu de los que militan se antepone el interés del partido y al bien de la nación”.

La lápida todavía no está puesta sobre el partido que fundaran Frei y un grupo de entusiastas jóvenes social cristianos y en cuyas filas milita Carolina Goic. Pero no cabe duda de que los meses y años que vienen serán cruciales.

Ella lo sabe y también parte de los militantes DC. Pero no todos.

A. S.
01 de Diciembre de 2017
Publicado en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas