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Palabras de Marcia Scantlebury al recibir el Premio Lenka Franulic

Por: Marcia Scantlebury

Distinguida por la Asociación de Mujeres Periodistas con el Premio Lenka Franulic, Marcia Scantlebury agradeció con un emotivo discurso el galardón.

Como Patricia ya saludó a las autoridades que hoy me honran con su presencia, a mí solo me queda extender los agradecimientos a mi marido, a mis hijos, mis nietos y mis nueras, que forman parte de mi vida…. de esta vida que me ha traído aquí.

A mis colegas y a los amigos que hoy habitan este lugar en mi Universidad y en mi Escuela. Y, por cierto, no puedo dejar de agradecer la obstinación de Paula Escobar y Patricia Silva, que mucho tienen que ver con este premio.

Me gustaría saludar también a mi amigo Enrique Ramírez Capello y, desde la distancia, a Cecilia Serrano, Tati Pena y Nancy Grunberg, periodistas a las que quiero y admiro. Ellas no nos acompañan por graves motivos de salud, pero sé que están con nosotros.

Confieso que si yo tuviese que jerarquizar lo que ha marcado mi vida no dudaría un instante en mencionar a mi lugar de origen: La Serena. Creo también firmemente en la confesión que en una oportunidad le hizo Lenka Franulic a Gabriela Mistral: “La infancia la marca a una para siempre. La mía fue desdichada, agregó, y nadie podrá devolverme jamás la alegría que me robaron”.

Pues bien, mi infancia fue feliz. Crecí en una familia provinciana compuesta por un abogado, hijo de inglés, una madre santiaguina y mis hermanas, Patricia y María Luisa. De mi mamá, admiré su alegría y su amor por la vida y su familia.

De mi padre, a pesar de que también fue empresario y agricultor, me conmovió su amor por el servicio público. Y lo vi luchar hasta su muerte por hacer grande a su país y su ciudad.

A mis cuatro años y, como vivíamos muy cerca del colegio de monjas de los Sagrados Corazones, mis padres me depositaron en ese establecimiento para que jugara y pintara. Sin embargo, mi curiosidad hizo que aprendiera a leer en tiempo record y me convirtiera en una lectora tenaz del Billiken, El Peneca y la pequeña Lulú.

Los jueves esperaba ansiosa la llegada de mi papá, que se sacaba el abrigo, abría su maletín y depositaba sobre mi escritorio las revistas tan esperadas.

En esa época comencé a encerrarme por horas en el escritorio de mi casa para sumergirme en las páginas de Corazón, Alicia en el país de las maravillas o Mujercitas.

Mi profesora de castellano, Nicolasa Barraza, era una especie de transatlántico que se desplazaba con dificultad por los pasillos del colegio. Muchas de mis compañeras se burlaban de su físico superlativo, pero yo la adoraba. Había sido amiga de Gabriela Mistral y me prestaba unos libros bastante ajados, pero desbordantes de historias donde las niñas eran siempre muy listas y creativas.

Ya entonces comprendí que la lectura y la escritura eran lo mío e, incentivada por esa profesora, comencé a llenar las páginas de decenas de diarios de vida y a escribir poesías bastante cursis.

Cuando ingresé al internado de las Monjas Francesas de Santiago (actual Campus Oriente de la UC), una vez más la lectura acompañó mis días de soledad que se deslizaban acompañados del insoportable olor a incienso de la capilla.

Lo mejor de ese tiempo eran las visitas del fin de semana a casa de mi abuela porque mi abuelastro que era un médico judío y socialista, me llevaba a desayunar al café Santos. En ese mágico local, entre berlines y medias lunas me instaba a dejar de lado la beatería y a desentrañar verdades incómodas.

Cuando llegó el momento de entrar a la Universidad, yo había coqueteado con la idea de estudiar leyes, pero, finalmente, opté por periodismo. Pensé que esta profesión me ayudaría a vivir otras vidas y a utilizar la palabra para contar historias extraordinarias y denunciar injusticias.

En las aulas de la Escuela de Periodismo de San Isidro soplaban tiempos de reforma y todo estaba puesto en tela de juicio. Yo participé activamente en los trabajos de verano, asambleas y protestas.

Más tarde, mi memoria, hecha a cuatro manos con mi amiga Verónica López, versó sobre ese proceso y conseguí mi primera exclusiva entrevistando a Monseñor Alfredo Silva Santiago para “Debate Universitario” dos días antes de su renuncia. La titulé ¨El Rector del Diez de Agosto y volaron plumas.

Poco antes de terminar las clases y, como yo pasaba horas encerrada en los cines rotativos aprovechando que mi padre era propietario de una cadena de salas cinematográficas en el norte, me fui a ofrecer a la Revista Ecran.

Allí el destino me regaló dos jefas extraordinarias: Marilú Marmentini, una rubia despampanante y habilosa con piernas que le llegaban hasta el suelo y Nora Ferrada, que no desvalorizó jamás el trabajo que yo hacía entonces. Este consistía en una pequeña columna donde entrevistaba, ni siquiera al Pollo Fuentes sino a sus fans, las chicas que lo perseguían con plumeros de colores.

Simultáneamente, al son de las marchas de la Patria Joven, yo había sido reclutada por Claudio Orrego para trabajar en la Promoción Popular.

Un día apareció en mi oficina un periodista hiperventilado llamado Tito Mundt, que se había entusiasmado con mi modesta columna y me invitaba a trabajar en una revista delirante llamada “Algo Nuevo”. En esta tuve la oportunidad de convivir con periodistas e intelectuales de la talla de Eugenio Lira Massi, Carmen Puelma, Fernando Reyes Matta o Fernán Meza. Fue un tiempo inolvidable en el que me embarqué sin retorno en la fabulosa aventura del periodismo.

Más tarde trabajé varios años en Ercilla, bajo la dirección de Emilio Filippi, y tuve la suerte de convertirme en asistente del monstruo del periodismo contestatario que era Fernando Rivas Sánchez y, luego, del gran redactor político que fue Luis Hernández Parker.

Creo que en ese período, gracias a la generosidad de mis maestros, haciendo policía y política aprendí casi todo lo que sé. Y tuve suerte porque en ese tiempo todavía las mujeres estaban destinadas a cubrir solo las llamadas “noticias blandas” de sociales o tendencias.

A mediados de los sesenta, ya casada y con dos niños chicos, partí a Cambridge con mi marido, que fue a hacer un post grado a Harvard. Allí estaba todo pasando y me las arreglé para seguir algunos cursos en la Universidad de Boston, trabajar en un Street People Center (Centro para gente de la Calle), entrevistar a los dirigentes de los Black Panters, escribir sobre quienes se oponían a la guerra de Viet Nam y enrolarme en el movimiento feminista “Bread and Roses” (Pan y Rosas). Fue un tiempo feliz que enriqueció mi vida y me radicalizó políticamente.

La vuelta a Chile no fue fácil porque la confrontación entre la izquierda y la derecha se había agudizado y la línea editorial de los medios también se polarizó.

De vuelta en Ercilla, donde me habían recibido con los brazos abiertos, la convivencia se hacía insoportable y renuncié para incorporarme a Debate Universitario, el periódico de la Católica, donde me sentía más cómoda.

A raíz del golpe de Estado, Emelco, donde yo trabajaba, fue “reconvertida”, la Universidad intervenida y Debate clausurado. Yo me refugié en la DAE, otra oficina del plantel en el que, al poco tiempo, fui “desvinculada”.

Quedé en el aire, haciendo pitutos y trabajando sin descanso en la resistencia a la dictadura. Porque, ¿cómo podía mantenerme al margen en un escenario de vida o muerte? Mis cercanos eran detenidos, desaparecidos o saltaban los muros de las embajadas. Y los que quedábamos afuera sentíamos que cada despedida podía ser definitiva.

Vivíamos atrapados entre el dolor, el miedo y la incertidumbre. Aunque no abandonábamos la esperanza de que la pesadilla fuera solo eso, un mal sueño. Sin embargo, el sueño se prolongó por 17 años.

En 1975 me informaron que los servicios de inteligencia habían detectado mis actividades “subversivas” y recibí instrucciones de pasar a la clandestinidad. Obedecí de inmediato, pero el 2 de junio cometí la imprudencia de volver a mi casa porque era el cumpleaños de mi hijo Maximiliano.

Al día siguiente recibí la visita de tres agentes de la Dina que me sacaron de mi casa con malos modales, me empujaron hacia el interior de una camioneta de vidrios polarizados, me vendaron los ojos y se dirigieron conmigo hacia el infierno de Villa Grimaldi.

En ese recinto a los pies de la cordillera, conocí el odio, un sentimiento viscoso que, hasta entonces, había sido para mí un concepto intelectual, pero que, a partir de lo vivido, quedó agazapado bajo mi piel.

En los sórdidos pasillos de Villa Grimaldi aprendí a reconocer las sombras de las víctimas, las voces de los guardias y los frenazos de los vehículos que descargaban en el patio su siniestro botín de maltratados seres humanos. Los sádicos interrogatorios, las agresiones sexuales y las largas sesiones de tortura me hicieron sentirme sucia y humillada.

Luego fui trasladada a los campos de concentración de Cuatro Álamos, Pirque y Tres Álamos. Sin embargo, en libre plática viví días hermosos compartidos con más de un centenar de mujeres que, como yo, habían tenido la osadía de luchar por la libertad para construir un mundo más amable.

En las prisiones, después de los trabajos forzados y antes de dormir, cantábamos, compartíamos historias e intercambiábamos los juguetes que fabricábamos para nuestros hijos. Aunque el aquí y el ahora fuesen inciertos nos empeñábamos en inventar futuro y, con porfiado optimismo, nos preparábamos para ser libres.

Después de ser amenazada con la pena de muerte y consejos de guerra, permanecí detenida por Ley de Seguridad Interior del Estado bajo un rótulo que consignaba “potencialmente peligrosa”. Fui liberada “sin cargos” en una amnistía de Navidad.

En ese momento yo era otra persona. Porque la tortura ES una humillación que divide tu vida en un antes y un después.

El 31 de diciembre viajé a Colombia, donde trabajé en el IFI, un equivalente a la Corfo de ese país y colaboré con la revista Alternativa, cuyo presidente era Gabriel García Márquez. Más tarde, mi biografía se extendió a Roma, Costa Rica y Nicaragua, donde cubrí la guerra centroamericana. Finalmente viajé a República Dominicana, donde asumí como representante de la agencia Inter Press para ese país y Haití. En las tardes trabajaba en un centro feminista vinculado a Fempres, la agencia internacional de noticias de la mujer, que dirigía mi cuñada Adriana Santa Cruz. Allí, junto a la periodista dominicana Margarita Cordero, otra corresponsal de Fempres, publicamos un libro sobre la participación política de la mujer dominicana.

Cuando detuvieron a mi gran amigo y Director de Análisis, Juan Pablo Cárdenas, viajé a Chile. Yo colaboraba con la revista desde el extranjero y en Chile me desempeñé como Editora de Política y Cultura.

Sin dejar mi trabajo en Análisis, también me integré al trabajo de prensa internacional en el plebiscito y después del triunfo del NO ingresé a la Revista Caras para hacer entrevistas. En ese período formé parte del Directorio de Radio Tierra y, junto a Juanita Rojas, creamos y animamos el programa feminista de humor “Deshojando la Margarita”.

Más tarde asumí la jefatura de Comunicaciones en la campaña de Ricardo Lagos y, cuando perdimos las primarias, me incorporé al equipo de Eduardo Frei. En 1994 este ganó la Presidencia y me designó Jefa de Cultura del Ministerio de Educación. En ese cargo me tocó enfrentar el tema de la censura y sortear varias polémicas al respecto.

Convencida de que cualquier claudicación podía sentar un precedente nefasto, no cedí en lo que se refería a la defensa de la libertad de expresión. Y, afortunadamente, conté para ello con el apoyo de mi brazo derecho, Nivia Palma, del equipo y de los artistas.

Fueron dos años de actividad frenética. Creamos las bandas rock, los talleres en las cárceles, restauramos las primeras películas del cine chileno, organizamos un seminario internacional de mujeres y cultura con la Unesco, regionalizamos el Fondart y nos asociamos con el Ministerio de Obras Públicas para crear la Comisión Antúnez, que nos permitió exigir una obra de arte en cada edificio público.

Otro hito en mi vida profesional llegó con el gobierno de Michelle Bachelet cuando la Presidenta presentó mi nombre para integrar el Directorio de TVN. Mi nombramiento fue aprobado por unanimidad en el Senado, fui reelegida y luego, seleccionada por mis pares para ocupar la Vicepresidencia del Directorio. Permanecí 9 años y medio en la televisión pública y como los integrantes de esta instancia suelen tener distintos perfiles, creo que el mío estuvo vinculado fundamentalmente a mi condición de periodista, mujer y a los contenidos de la programación.

En los últimos años me he desempeñado como evaluadora del Consejo Nacional de Televisión, instancia que se esmera en mejorar los contenidos de la pantalla con proyectos de excelencia y debo decir que me asiste la convicción de que en este país sobra talento.

Simultáneamente y, luego de haber integrado la directiva de Villa Grimaldi, Michelle Bachelet me solicitó que, bajo el alero de la encargada de derechos Humanos María Luisa Sepúlveda, me hiciese cargo de darle contenido a la muestra de su proyecto emblemático: el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos.

La Presidenta quiso poner a la luz las violaciones sistemáticas a los derechos humanos perpetradas entre 1973 y 1990 por parte del Estado. Su propósito fue darles identidad y dignidad a las víctimas y contribuir a que esto no suceda nunca más. Creo que no fue al azar que, para este propósito, haya escogido a una periodista con una mirada comunicacional.

Enfrenté este proyecto convencida de que el pasado seguirá siendo presente mientras no se haga justicia y que es imperativo recuperar la memoria, fundamentalmente para mostrar a los jóvenes lo que pasó en nuestro país.

Por eso, hoy es para mí motivo de orgullo ver cómo desfilan cientos de estudiantes por los pasillos del edificio.

Mientras se construía el edificio y se organizaban los contenidos de la muestra, recibí un torrente de donaciones. La gente venía, contaba su historia y me entregaba un pedacito de su alma en esas cartas, objetos o fotografías. Finalizada la inauguración, me encerré por dos días en mi casa para asimilar esa enorme densidad de dolores y emociones.

Hace algún tiempo Comunidad Mujer me invitó a un panel de gente exitosa. Yo comenté en esa instancia que me sentía feliz de que mi vida profesional fuese calificada como exitosa considerando que yo había optado por trabajar en temas nada “exitosos” relacionados con las luchas de las mujeres, de las minorías, del medio ambiente o de los pueblos originarios.

Hoy continúo participando en varios directorios vinculados a los temas que me motivan. Entre ellos, el del Museo y el de la Fundación Equitas, donde, además de formar parte de su Directorio, doy seguimiento a las políticas públicas de cultura y derechos humanos.

También sigo pensando que a pesar de haber enfrentado momentos duros, mi biografía tiene que ver con mi decisión de no rendirme frente al olvido. Ello me ha ayudado a darle sentido a mi vida y dirección a mi esperanza.

El periodismo, ¿qué duda cabe?, es una profesión apasionante y un magnífico instrumento para mostrar, sensibilizar, denunciar o celebrar lo que ocurre en nuestras sociedades.

Y si yo no hubiese sido periodista jamás habría sabido del dolor que experimentó el p

Premio Nobel Dario Fo ante la violación de su mujer, que el escritor Antonio Tabucchi vino a Chile muchas veces pero jamás conoció nuestro país porque viajaba directamente a mirar estrellas, que la Ciciolina odiaba el sexo, que Gladys Marín no le temía a la muerte o que la escritora Isabel Allende adora las esdrújulas.

En mi trayectoria profesional tuve la suerte de trabajar con tres Presidentes de la transición. Y puedo decir que aprendí a admirar el valor, la inteligencia profunda y el espesor cultural de Ricardo Lagos. También la emocionante complicidad que vive con Luisa, su mujer. De Eduardo Frei me impresionaron su extrema sencillez y su actitud de prescindencia frente al hecho nada trivial de ser el hijo de un padre tan brillante. De la Presidenta Bachelet valoro su dignidad y coraje para no dejarse intimidar en un mundo de hombres y su obstinación para materializar proyectos como el Museo de la Memoria en una sociedad que cuando este se construyó aún tenía miedo de recordar…

En una oportunidad le preguntaron a Lenka cómo se autodefinía y ella no vaciló en contestar: “Insatisfecha”. “Cuando alguien dice he llegado, agregó, está mal porque se llega a una parte solo cuando se muere. Mientras se vive hay que seguir bregando, caminando. El periodismo es una permanente transformación. El mundo cambia. Hay que adaptarse a la realidad del tiempo…

Tiempo que hoy día nos plantea innumerables y nuevos desafíos. Tiempo de miedos de todos contra todos, de miedo de la mujer a la violencia del hombre y miedo del hombre a las mujeres sin miedo.

Miedo a lo que fue, miedo a lo que será, miedo de morir y miedo de vivir.

Así lo planteó Eduardo Galeano antes de dejarnos:
La utopía está en el horizonte.
Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá.
Para eso sirve, para caminar
”.

10 de enero de 2019