En ruta a la santidad

Fallecido hace casi dos décadas, el Cardenal Raúl Silva Henríquez fue un pastor que trabajó incansablemente por los pobres, los campesinos, los trabajadores y las víctimas de las violaciones de los derechos humanos. Para observadores extranjeros, en América latina, Estados Unidos y Europa, fue un símbolo de la resistencia contra la dictadura militar y la desesperanza en Chile. Para los ocupantes de viviendas construidas a través de las múltiples fórmulas que él mismo ideó o de las parcelas que ayudó a entregar (y a conservar) fue clave para que pudieran, como miles de otros chilenos, dormir cada noche bajo un techo propio y acogedor.

En esta perspectiva, la corporación “Cardenal del Pueblo”, que preside el economista Reinaldo Sapag, está organizando la conmemoración de los 19 años de su fallecimiento. El 10 de abril se realizará una misa en la Gratitud Nacional a las 19 horas. Es intención de los organizadores es dar comienzo a una campaña para reunir un millón de firmas para su canonización.

Es un noble propósito que se apoya en una verdad no siempre reconocida: no hubo en el siglo XX un hombre que hiciera tanto por tantos chilenos como el Cardenal Raúl Silva Henríquez. A lo largo de cinco décadas, impulsó numerosas y variadas actividades que sólo se pueden resumir en un vasto catálogo de los sueños y necesidades de millones de personas. Fue un esfuerzo pionero cuando el Estado recién asumía estas responsabilidades.

Empezó en la década del 40. Recién ordenado sacerdote, levantó un colegio y un templo monumental dedicado a Don Bosco en La Cisterna.

Después se convirtió en líder de los educadores católicos.

En la década de 1950, por insinuación de su amigo el obispo Manuel Larraín, se hizo cargo de Cáritas Chile, institución que llegó a ser una mini-réplica -privada- de la Corfo y, como tal, alimentó, construyó y reconstruyó y fomentó la creación de múltiples empresas. Su eficiencia y sus contactos nacionales e internacionales, le sirvieron luego, como arzobispo, para encarar acuciantes problemas de los más necesitados: los pobres urbanos sin techo ni pan; los campesinos sin tierra ni derecho a organizarse; los cesantes: los niños y jóvenes sin educación ni esperanzas... y a partir de 1973, las víctimas de las sistemáticas violaciones a sus derechos humanos.

Considerado huraño por algunos, en el ocaso de su existencia su mirada se volvió dulce junto a los niños. Así lo dejó registrado en un conmovedor video, el cineasta Ricardo Larraín.

Signo de contradicción, conforme al mandato evangélico, el cardenal Silva Henríquez fue, al mismo tiempo, un hombre de paz. Y, como tal, atenaceado por la angustia, se acercó sucesivamente en 1978 a dos Papas en los momentos en que recién iniciaban sus pontificados, para pedirles que intervinieran en el inminente conflicto armado entre Chile y Argentina. Con Juan Pablo I, debido a su muerte inesperada, no tuvo suerte. Pero sí con su sucesor, Juan Pablo II. Más tarde, como correspondía, el proceso lo asumió el gobierno chileno. Pero el punto de partida ya estaba dado.

Aunque no hubiera realizada nada más, los chilenos (y también los argentinos) debemos agradecerle al Cardenal Silva su gestión. No fue él quien logró la paz. Pero la hizo posible.

A. S.
Abril de 2018
Publicado en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas