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Centrar la atención en las noticias verdaderas

Por: Patricia Politzer

Discurso de Patricia Politzer al recibir el Premio Lenka Franulic 2017

Santiago, 23 de Enero de 2018

Este premio, que fue completamente inesperado, me ha provocado una enorme alegría. Agradezco profundamente a la Asociación Nacional de mujeres Periodistas y, en especial, al jurado que me otorgó el Premio. Hay pocos reconocimientos más importantes que el de los propios pares, por eso, me siento honrada, y aún más comprometida con esta profesión que adoro y que -sin duda- ha marcado mi vida.

El Premio Lenka Franulic es especialmente significativo para las mujeres periodistas. No sólo porque ella nos abrió camino cuando el periodismo –como casi todo lo relevante fuera de la familia- era cosa de hombres, no sólo porque impulsó la creación de la escuela de periodismo de la Universidad de Chile sino, sobre todo, porque fue una de las más grandes de nuestra profesión.

Lamentablemente, poco saben de ella las nuevas generaciones. No saben, por ejemplo, que cursó el último año de su Educación Media en el Liceo de Hombres de Antofagasta. Porque el liceo de Niñas llegaba solo hasta el nivel anterior y, por lo tanto, no le permitía entrar a la universidad, como ella quería. Gracias a su excelencia académica, el ministerio de Educación permitió tamaña excentricidad.

Estudió inglés en el Pedagógico para entrar al periodismo como traductora. Desde allí, desarrolló un talento que hizo indispensable sus columnas, entrevistas y reportajes. En los años 40 y 50 del siglo pasado, cuando viajar era todavía una odisea, a ella no le bastó con los personajes nacionales y recorrió el mundo para contarle a los chilenos sobre los grandes protagonistas de su época como Juan Domingo Perón, Fidel Castro, el mariscal Tito, Simone de Beauvoir, Jean Paul Sartre, Salvador Dali o Aldous Huxley, entre otros.

Estoy convencida de que es muy difícil –sino imposible- ejercer de verdad el periodismo sin sentir una pasión un tanto insana por esta profesión. Algunos la llaman vocación, y es simplemente el impulso irrefrenable por conseguir esa historia que creemos imprescindible contarle a los demás. Esa historia que estimamos fundamental para la convivencia social, y por la cual muchos arriesgan hasta la vida.

Con esa pasión, Lenka Franulic conquistó a sus colegas y a sus lectores, y ejerció el periodismo hasta el límite de sus fuerzas. Enferma de un cáncer terminal, siguió dirigiendo la revista Ercilla cuando ya ni siquiera podía levantarse de la cama. Sólo renunció cuando las fuerzas la abandonaron completamente, a los 52 años.

No es la única que se fue demasiado pronto, manteniendo ese ímpetu hasta el minuto final. Con esa misma pasión intacta, vi partir a otras dos grandes que no puedo dejar de recordar en este momento: Marcela Otero y Patricia Verdugo.

Alguna vez le preguntaron a Lenka Franulic cuál es la misión del periodista. Ella respondió que depende de la sociedad y del momento en que se vive. Puntualizó que era distinta la responsabilidad de Camilo Henríquez, a la de aquellos que deben informar en tiempos normales o la de los periodistas alemanes durante el nazismo. Pero también, dijo, es un asunto de moral y de conciencia.

En esta perspectiva, cabe preguntarse cuál es la misión del periodismo en este siglo 21. En un siglo marcado por la revolución digital, una revolución que -sin disparar un tiro- lo cambió todo y nos instaló en un mundo global que no alcanzamos a entender.

Un mundo hiperconectado, que ha hecho desaparecer el tiempo y el espacio. Un mundo en el que las redes sociales -con su horizontalidad ybidireccionalidad- crean la ilusión de diálogo entre un Papa o un gobernante y cualquier mortal. Un mundo on-line, donde enormes conglomerados mediáticos conviven con pequeños medios digitales creando la ilusión de igualdad, donde la fusión de los géneros periodísticos y la convivencia espuria entre contenidos periodísticos y contenidos pagados hace difícil distinguir una noticia de un reportaje por encargo.

Debemos ejercer el periodismo en un mundo donde reina el capitalismo sin mayores contrapesos, en el que las transnacionales tienen más recursos y poder que muchos Estados, el que una desigualdad creciente sigue incrementado la brecha entre ricos y pobres. Un mundo cada vez más segmentado e individualista y, al mismo tiempo, un mundo cada vez más fundamentalista e intolerante.

En este contexto, nos toca aplicar la moral y la conciencia para ejercer el periodismo.

Mucho se habla en estos días de pos verdad y fake news –noticias falsas. Quizás debemos cambiar el eje, y discutir más sobre la verdad y las noticias auténticas, aquellas que se sustentan en datos duros e irrebatibles, a partir de los cuales cada uno podrá opinar.

La semana pasada, en el Congreso del Futuro escuché a la académica Riane Eisler hablar de “Armas de distracción masiva”. Esa me parece la categoría perfecta para las fake-news.

Las mentiras, la manipulación, el populismo y la propaganda existen desde tiempos inmemoriales pero, su impacto adquirió otra dimensión en el mundo global. Porque, más allá de la velocidad de la comunicación, las nuevas tecnologías permitieron que el rating y los buscadores de Internet definieran la prioridad de las noticias y ordenaran titulares y primeras planas. Pero ni el peoplemeter ni los algoritmos pueden evaluar la dimensión ética y profesional de los contenidos.

Las grandes compañías de Internet se han visto obligadas a reaccionar. A fines del año pasado, Facebook había contratado a más de ocho mil personas para monitorear contenidos impropios, subidos a la red por algunos de sus dos billones de usuarios. Una tarea titánica, probablemente imposible.

No sé si algún día la inteligencia artificial será capaz de realizar el análisis crítico de los hechos que requiere el periodismo. Por ahora, nuestro desafío es recuperar la confianza en los medios de comunicación profesionales, es decir, reforzar el valor de nuestro único gran capital: la credibilidad.

Trasladar la mirada desde las noticias falsas para centrar la atención en las noticias verdaderas, requiere –a mi juicio- hacerse cargo de tres elementos que han sido desde siempre determinantes para el buen periodismo: editores, reporteros y pluralismo.

Los editores deben recuperar la autoridad y el estatus que, en la última década, les arrebataron los rating y los algoritmos. Es urgente devolverles el rol primordial en la definición de qué se investiga, cuánto tiempo y espacio merece cada noticia, a quienes se entrevista, cómo se prioriza la entrega informativa.

Pero tanto o más relevantes que los editores son los reporteros. El reportero no es la última carta del naipe en un medio de comunicación, por el contrario, es la esencia del periodismo. Es el encargado de descubrir y modelar la materia prima de la noticia.

Sin duda las nuevas tecnologías complejizaron nuestra profesión. Los periodistas del siglo 21 requieren competencias técnicas que les permitan trabajar en diversas plataformas y múltiples tareas. Todos deben saber redactar, navegar, hablar, grabar, editar. Más aún, tenemos que dominar la capacidad técnica para rastrear noticias falsas, distinguir el troleo de la crítica fundada, entender cuándo los hechos se viralizan maliciosamente y cuándo corresponden al interés general.

Sin embargo, más allá de todas estas habilidades, no existe el buen periodismo sin reporteros que aplanen las calles, persigan fuentes, convenzan a los reticentes para que hablen, pregunten una y otra vez hasta dar con el dato preciso.

No hay Internet ni teléfono inteligente capaz de remplazar la investigación en terreno y la conversación cara a cara. Las nuevas tecnologías nos entregan herramientas maravillosas, pero no remplazan la experiencia de observar el entusiasmo, la duda o el miedo de un entrevistado, de apreciar la aridez del desierto o el olor de la pobreza, sentir el dolor o la angustia de una víctima.

Desgraciadamente, en la actualidad son demasiados los periodistas que reportean desde su escritorio. Criticamos con severidad a los políticos y a otros líderes de opinión que se encuentran alejados de la gente. Cabe preguntarse si los periodistas no estamos cometiendo el mismo pecado.

Creo que no somos inocentes. Sobran los ejemplos -no sólo en Chile- que dan cuenta de la incapacidad de los medios para registrar e interpretar correctamente la realidad. Desde el Brexit, la elección de Donald Trump hasta nuestras erráticas reflexiones sobre el proceso electoral chileno.

Durante la última elección presidencial, ¿Cuántos periodistas reportearon en terreno los efectos de las campañas del terror que circularon en las redes sociales? ¿Cuántos conocen en terreno los resultados de la reforma educacional, más allá de las declaraciones oficiales o de los actores interesados, y cuántos la critican sin moverse de su escritorio?

Cuando los periodistas investigan en serio, cuando van a terreno se nota. Basta recordar el caso Karadima o la corrupción en Carabineros.

A fines de los años 80, me tocó entrevistar a muchos políticos para el suplemento dominical del diario La Epoca. En esos tiempos, lo que los entrevistados decían tenía una enorme trascendencia. Sin embargo, recuerdo un comentario de la directora de CIPER, Mónica González, que alguna vez me dijo que mi entrevista más relevante fue la que hice a una humilde pobladora pinochetista.

No sé si fue la más importante, pero no tengo ninguna duda de que esa entrevista hizo que muchos visualizáramos una realidad que ignorábamos. Y, sobre todo, nos permitió entender por qué el pinochetismo obtuvo un 45% de los votos en el plebiscito.

Esto no es ajeno al tercer elemento que me parece esencial al buen periodismo: el pluralismo.

Recoger visiones distintas sobre los hechos, no basta. No es suficiente que los acontecimientos se contrasten con opiniones en blanco y en negro, también se requiere una diversidad editorial entre los distintos medios.

Cuando todos los noticiarios centrales de la televisión estiman que el enésimo portonazo y el enésimo asalto a una bencinera son noticias de primera relevancia, algo no anda bien.

Los periodistas debemos asegurar la más irrestricta libertad editorial –el que quiera dedicarse a cubrir el crimen del día, que lo haga sin restricciones- pero con la misma energía debemos asegurar que haya otros medios que eligen una línea editorial diferente.

Ni la revolución tecnológica ni la libertad de expresión aseguran por sí solas el pluralismo en la estructura general de los medios. Una democracia sana y madura requiere que el Estado se comprometa activamente en esta tarea, como lo señalan diversas normas internacionales.

En un país como el nuestro en el cual el poder político y económico están fuertemente concentrados, el Estado no puede mantenerse al margen de esta tarea. Por eso, la crisis que vive actualmente Televisión Nacional es especialmente grave. La televisión sigue siendo por lejos el principal medio de información para la inmensa mayoría de los chilenos, por lo tanto, hay que asegurar allí un espacio abierto a la diversidad de intereses que coexisten en nuestra sociedad. Es indispensable garantizar la inclusión de aquellos mensajes que no interesan –o, más aún, que desagradan o incomodan- a los propietarios de otros medios. Esto es fundamental para resguardar no sólo la libertad de expresión sino, sobre todo, el fortalecimiento de nuestra democracia.

La ley que rige TVN tiene más de 25 años. Sin duda requiere una modernización urgente que, junto con asumir los cambios tecnológicos y sociales, contribuya tanto a su solvencia económica como a su gobernabilidad. Pero no podemos equivocarnos: Chile necesita hoy -tanto como cuando se recuperó la democracia- un medio de comunicación independiente que –por su potencia y profesionalismo- pueda ejercer un rol regulador. Un medio de comunicación público para el siglo 21 que obligado sólo por el bien común más allá de intereses particulares, desafíe nuestro espíritu crítico, asegure la libre circulación de todas las ideas, especialmente de aquellas que incomodan al poder.

Ese fue el sello de Televisión Nacional en los años 90 y debe seguir siéndolo en las próximas décadas.

Televisión Nacional es un patrimonio político y cultural que construimos con el retorno a la democracia, y que debemos defender cualquiera sea nuestra posición política.

Me atrevo a decir todo esto, con la licencia que me otorga recibir el Premio Lenka Franulic 2017.

En estos tiempos en que tanto se valora el esfuerzo individual, me gustaría destacar el trabajo en equipo. No estaría hoy aquí si no fuera por lo que aprendí con distintos colegas a lo largo de mi carrera, desde la revista Ramona, cuando todavía era estudiante, hasta Tele13 Radio donde hoy soy panelista y El Mostrador donde soy columnista.

Gracias, a todos los compañeros y compañeras de diferentes medios con quienes compartí, especialmente en los años duros de la dictadura, cuando –para muchos- el periodismo fue una profesión de alto riesgo.

Tampoco estaría aquí si no hubiera tenido maestros que me formaran y guiaran. Tuve la suerte de estudiar en la escuela de Periodismo de la Universidad de Chile cuando la dirigía el gran Mario Planet. El, junto a Camilo Taufic y Julio Lanzarotti fueron mis tutores iniciales.

Con el título en la mano, tuve dos grandes maestros: Emilio Filippi y Delia Vergara. Junto a ellos tuve el privilegio de participar en la creación de medios tan importantes como la revista HOY, el diario la Epoca y el Diario de Cooperativa.

Emilio Filippi me enseñó a buscar la noticia en lugares aparentemente aburridos, y también en aquellos que parecían impenetrables. Delia Vergara me obligó a mirar con ojos críticos al más poderoso y también al más amigo. (Me lo sigue recordando de vez en cuando por whastapp o a través de sus twitter). Con ella aprendí que siempre hay que intentar correr un poco más el cerco de la libertad. Así lo hizo ella al fundar el Diario de Cooperativa en 1976, obra que –a mi juicio- todavía no se le ha reconocido como se merece.

Entre mis maestros, quiero señalar también a uno que no es periodista…pero como si lo fuera: el ex director de TVN, Jorge Navarrete. Como directora de Prensa, tuve la suerte de ser parte de ese equipo que en 1990 -terminada la dictadura- debió recuperar la credibilidad del canal público. Con él asumí de verdad el concepto de pluralismo. Ese que se practica con las ideas más ajenas y antagónicas, pero que tienen el mismo derecho que las mías a estar en pantalla.

Gracias a mis maestros y a mis compañeros de trabajo estoy hoy aquí.

Cuando me ocurren cosas buenas como ésta, no puedo dejar de pensar en mis padres y, sobre todo, en mi hermana Katherine, que siendo apenas una adolescente, desapareció en el campo de concentración de Theresienstadt en Checoeslovaquia.

Por eso, quiero dedicar este premio a todos los inmigrantes que llegan a nuestro país en busca de una nueva vida. Confío en que Chile seguirá abriendo sus puertas a quienes lo necesitan como lo hizo con mis padres.

Me siento orgullosa de ser primera generación en Chile –al igual que Lenka Franulic-, y que mis pares consideren que mi trabajo ha sido un aporte al periodismo en nuestro país.

Finalmente, quiero agradecer a mi familia. A mi marido, que apoya incondicionalmente casi todas mis locuras, y a mis hijos, que supieron entender que la pasión periodística era algo inherente a su madre, y que más valía adaptarse a ella que combatirla.

Al despedir a Lenka Franulic, Pablo Neruda escribió: “Eras presencia de mujeres y lección para un millón de hombres”. A eso nos compromete este Premio.

Muchas gracias.