Editorial:

La arrogancia del almirante

Santiago, 12 de Febrero de 2017

Los almirantes no mienten y el almirante Arancibia menos”, se ha ufanado Jorge Arancibia, ex comandante en jefe de la Armada. Lo dijo, con arrogancia característica, después de declarar como imputado por difundir informaciones falsas a propósito de los incendios forestales recientes.

Las verdades absolutas solo son admisibles -y no para todo el mundo- en el caso de las convicciones religiosas. Como todo ser humano, uniformado o no, un almirante es capaz de equivocarse, es capaz de mentir e incluso de ofender a los seres humanos o “infrahumanos” como los llamó el almirante José Toribio Merino.

Con razón, como primera respuesta a los dichos del señor Arancibia se le pidió cuentas por los detenidos desaparecidos durante la dictadura, en especial aquellos que sufrieron torturas y luego desaparecieron para siempre en buques de la Armada.

Hasta ahora no ha habido respuesta alguna.

Lamentablemente -y ello no ocurre solo en la Armada- en el último tiempo se han acumulado las mentiras y las verdades a medias entre los uniformados. Los casos más recientes afectan precisamente a la Armada, en cuyas unidades de guerra se ha ido sabiendo, lentamente, de casos de machismo exacerbado. El propio señor Arancibia dijo en su momento, según la clásica reacción de Don Otto de vender el sofá, que nunca debió admitirse mujeres: “yo me opuse terminantemente al ingreso de la mujer a la Armada por todas estas cosas que se podían prever

Tal como ha ocurrido con su acusación sobre los autores de los incendios forestales, ante el escándalo público, optó por una explicación ambigua. Debe reconocerse que no les echó la culpa a los periodistas, pero igual trató de eludir lo dicho.

Resulta llamativo que tanto Arancibia como algunos de sus antecesores opinen constantemente en los medios. Prefieren, eso sí, firmar solamente con sus nombres, sin recordar el cargo que alguna vez ejercieron.

Abraham Santibáñez