Editorial:

Tiempos de desconcierto

Santiago, 10 de Junio de 2018

Muchas veces, a lo largo de la historia, ha habido voces alarmistas que denuncian la confusión existente en la sociedad. Son señales preocupantes que se formulan no solo en Chile. En realidad, ante el pesimismo generalizado cabe aplicar eso de que es “más viejo que el hilo negro”.

En rigor, las voces apocalípticas son anteriores a la redacción misma del Apocalipsis.

En Chile, hace más de un siglo, en su “Discurso sobre la crisis moral de la República”, Enrique MacIver hizo un estremecedor aporte:

El presente no es satisfactorio y el porvenir aparece entre sombras que producen la intranquilidad”.

Para fundamentar su postura, sostuvo que: “No hay para qué avanzar en esta somera investigación acerca del estado del país en lo que se relaciona con su progreso; importa más preguntarse ¿por qué nos detenemos? ¿Qué ataja el poderoso vuelo que había tomado la República y que había conducido a la más atrasada de las colonias españolas a la altura de la primera de las naciones hispanoamericanas? En mi concepto, no son pocos los factores que han conducido al país al estado en que se encuentra; pero sobre todos me parece que predomina uno hacia el que quiero llamar la atención y que es probablemente el que menos se ve y el que más labora, el que menos escapa a la voluntad y el más difícil de suprimir. Me refiero ¿por qué no decirlo bien alto? a nuestra falta de moralidad pública; sí, la falta de moralidad pública que otros podrían llamar la inmoralidad pública.
Mi propósito no es otro que el de señalar un mal gravísimo de nuestra situación, que participa más de la naturaleza de mal social que de mal político, con el objeto de provocar un estudio acerca de sus causas y sus remedios, y para el fin de corregirlo en bien de todos y no en beneficio de individuos, bandos o partidos
”.

¿Qué expresiones usaría hoy para describir el panorama en el cual la jerarquía católica ha sido obligada a presentar la renuncia; en SQM se discute -con escándalo- si el propietario puede o no servir como asesor de la empresa, y un nuevo gobierno -avalado por una experiencia de cuatro años- tiene dificultades para ponerse en marcha, mientras la oposición todavía no encuentra el rumbo?

En Chile vivimos tiempos desconcertantes. El único consuelo es que el resto del mundo enfrenta una crisis semejante.

Hace una década Kofi Anán , quien era secretario general de la ONU cuando se produjo el ataque a las torres gemelas en Nueva York, actualizó los temores ancestrales.

Señaló en una entrevista publicada en El País: “Creo que tenemos algunas amenazas nuevas y que algunas de las viejas están volviendo, quizá con más peligro, y no sabemos cómo abordarlas. Es decir, desde mi punto de vista, vivimos en un mundo muy complejo y difícil”.

Así las cosas, no debe extrañarnos la imagen caótica que dibujan algunos observadores políticos al analizar nuestra realidad actual. En medio del cambio de gobierno, el estallido del feminismo (incluyendo el renovado debate sobre el aborto) y otra cuestiones permanentes (AFP y gratuidad en la educación) se percibe un rebrote de antiguos y nuevos temores.

La alternativa es simple: podemos hundirnos en la desesperanza o, como ha ocurrido tantas otras veces en la historia, enfrentar el desafío y ponernos en campaña.

Ello implica poner fin a las descalificaciones, tanto personales como de grupo. Responder algunas preguntas básicas, por ejemplo: ¿es efectivamente una traición que un abogado demócrata cristiano defienda a un ministro del gobierno actual? ¿No sería hora de que el discurso conciliador que ensaya el Presidente de la República de tiempo en tiempo, se condijera con los latigazos “al gobierno anterior”? ¿Cómo podemos saber si efectivamente los niños del Sename son o no una real prioridad? ¿Se podría definir sin lugar a dudas si gobierna el Jefe de Estado o el siempre altanero ministro de Hacienda?

Hay más preguntas, pero con estas es suficiente por ahora..

Abraham Santibáñez