El embajador que supo ayudar

Con la presencia de los reyes Harald V y Sonia de Noruega se han conmemorado los cien años de relaciones diplomáticas entre Chile y el país nórdico. Es parte de una larga tradición chilena de apertura al exterior desde antes de la globalización. Nuestra diplomacia se consolidó abriendo acuerdos pioneros, como fue el caso de Japón a fines del siglo 19 y África a mediados de la centuria pasada. Los resultados han sido mayoritariamente positivos aunque, tal como ocurrió con varios países, entre 1973-1990 no siempre imperó la cordialidad.

Tras el golpe del 11 de septiembre el gobierno de Oslo mantuvo abierta su embajada en Santiago, una decisión compleja para muchos países democráticos. Sin embargo, poco después, no conforme con la actuación de su representante en Chile, el primer ministro laborista, Trygve Bratelli, envió un diplomático en misión especial.

Frode Nilsen viajó con instrucciones de ayudar a los perseguidos políticos. Tenía experiencia y hablaba castellano porque había estado tres años en España, en tiempos de Franco. “Me dieron amplia libertad”, recordaba más tarde. “Tenía de mi parte a nuestro ministro de Asuntos Exteriores, pero debía tener cuidado de no arriesgarme a que me expulsaran. Si tenía que abandonar el país, no podría ayudar a nadie. Así que me aseguré de trabar conocimiento con las personas adecuadas, las que tomaban las decisiones”, explicaba.

Designado oficialmente como embajador dos años después, en 1975, la suya fue una experiencia singular. Recordaba que “durante un acto diplomático, Pinochet me llamó y dijo a quienes estaban con él: 'Caballeros, éste es el hombre que quiere salvar el mundo'”.

Se estima que en total ayudó a unas 1300 personas, muchas de las cuales le deben la vida. “A mi primer secretario se le daba de maravilla conducir por los callejones”, contó en un reportaje de Amnistía Internacional, explicando cómo llevaban a los disidentes al aeropuerto y los hacían subir a vuelos de Scandinavian Airlines con destino a Oslo.

Su primera designación se prolongó hasta 1982. Regresó en 1988, hasta que jubiló en 1991.

Tras el golpe de 1973, otros embajadores vivieron ingratas situaciones. El más notorio fue el sueco Harald Edelstam. Llegó a Chile en 1972, enviado por Olof Palme, y a partir del 11 de septiembre de 1973 se hizo cargo de los intereses cubanos luego que Chile rompiera relaciones con La Habana. Exiliados en Suecia estiman que por lo menos mil personas le deben la vida. Finalmente fue declarado persona non grata y expulsado del país. Edelstam se ganó el apodo de Pimpinela Escarlata, tal como lo retrató la película: El clavel Negro.

Otros conspicuos personajes fueron el embajador norteamericano Harry G. Barnes, quien se hizo presente en el funeral de Rodrigo Rojas de Negri; los representantes italianos Emilio Barbarani y Tomasso de Vergottini, y el embajador René Lustig, de Francia.

Su prudencia les permitió desenvolverse con bastante éxito ante un régimen en el que se cometían graves violaciones a los derechos humanos. Falta todavía un estudio más detallado de lo que hicieron y cómo conciliaron los intereses de sus países con el respeto a la dignidad de los perseguidos políticos.

Entre ellos, junto a una serie de otros noruegos destacados en Chile, figura sin duda el embajador Nilsen.

A. S.
29 de Marzo de 2019
Publicado en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas