La guerra olvidada

Hace poco más de dos semanas desembarqué en Puerto Stanley (Puerto Argentino, según la nomenclatura trasandina). Viajábamos desde Valparaíso en un crucero de bandera holandesa cuya ruta incluía una breve pasada junto al Cabo de Hornos.

Yo imaginaba que entre los pasajeros argentinos e ingleses del barco habría algunos que sentirían en toda su dimensión el drama vivido aquí. Pero nadie hizo alusión alguna a la guerra. Es posible que algunos hayan depositado una ofrenda en el cementerio local donde hay todavía más de un centenar de cadáveres argentinos sin identificar. No hubo señal alguna que recordara uno de los enfrentamientos armados más estúpidos del siglo pasado.

De la guerra nadie parece acordarse... salvo en Argentina.

Este domingo 2 de abril se cumplen 35 años del desembarco argentino en las islas Malvinas. El propósito era recuperar la soberanía de ese pequeño archipiélago del Atlántico sur. La acción la decidió el gobierno militar en un momento de crisis económica e inflamado nacionalismo. Setenta y cuatro días después, el 14 de junio a las 21:00 horas en Puerto Stanley, el gobernador militar, Mario Menéndez, se rindió ante el general Jeremy Moore.

La aventura tuvo un costo brutal: murieron 649 argentinos y 255 británicos. También cayeron tres “kelpers”, como se denominan los habitantes de las Malvinas.

La historia le da la razón al reclamo argentino. Según el detallado recuento de Alejando Magnet (en “Nuestros vecinos argentinos”) desde el Tratado Americano de 1670, Gran Bretaña reconoció implícitamente la “preeminencia, derecho o dominio” de España en la región. En 1794, se instaló en las islas un grupo procedente de St, Malo (Francia) al que se atribuye la denominación de Malvinas. Argentina proclamó en 1820, su soberanía, alegando ser la heredera del dominio español. Pero, en 1833 los británicos tomaron el control por la fuerza.

Desde entonces, incluyendo una resolución de Naciones Unidas que llamó a negociar (1965), no ha habido avance alguno hacia un acuerdo pacífico. Peor aún: en 1982, tras el fracaso de la amenaza contra Chile por el canal del Beagle (1978), la dictadura argentina creyó que las islas serían presa fácil.

No contaban con la tozudés de la “Dama de Hierro”, Margaret Thatcher. Es probable que tampoco se considerara el apoyo del régimen chileno a Gran Bretaña. En nuestro país no se había olvidado la todavía reciente movilización bélica. El recuerdo de dichas tensiones influyó para que la mayoría se alineara con los ingleses tal como el gobierno militar. Durante un breve lapso, la situación se miró desde nuestro país casi como un simple enfrentamiento deportivo.

Esta apreciación cambió brutalmente el 2 de mayo cuando un submarino inglés hundió el buque de guerra General Belgrano. Murieron 323 argentinos. A partir de ese día, en Chile -ajeno casi por completo al peligro del conflicto de 1978 con la sola excepción de Magallanes- la guerra se empezó a tomar en serio.

Solo entonces tuvimos conciencia del gravísimo peligro del cual nos libramos por la mediación de Juan Pablo II, solicitada en primer lugar por el cardenal Raúl Silva Henríquez.

A. S.
Abril de 2017
Publicado en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas