UNA MUERTE ANUNCIADA

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
eramirezcapello@gmail.com

Navegar en las aguas de García Márquez es un deleite.

Tienen placidez y estilo; afán y vigor; fuego y agonía.

Van de la fuerza al sosiego. Del temblor al silencio. Del estremecimiento a la luz.

Promotor del “realismo mágico”, el autor colombiano convierte a su Aracataca natal en Macondo imaginario, pueblo central de sus narraciones.

Me prestan un ejemplar de “Crónicas de una muerte anunciada”.

Lo leí por primera vez hace muchos años.

Rescato la historia: Bayardo San Román se casa con la hermosa Ángela Vicario.

Descubre que ya no es virgen y la devuelve al hogar de sus padres.

Los hermanos de ella la obligan a confesar quién la deshonró.

Los gemelos Pedro y Pablo Vicario prometen matar a Santiago Nasar, el culpable.

La obra triza el esquema convencional de planteamiento, nudo y desenlace.

Aquí, sin embargo, desde un comienzo se sabe el final.

Es uno de los grandes aciertos de García Márquez.

Su colega Julio Cortázar lo califica como un genio.

García Márquez nació en Colombia en 1927.

En 1982 obtuvo el premio Nobel de Literatura.

Se le reconoce como uno de los más grandes escritores de la literatura mundial.

El resultado es previsible: -Lo matamos a conciencia- dijo Pedro Vicario, somos inocentes.

-Tal vez ante Dios, dijo el padre Amador.

-Ante Dios y los hombres, dijo Pablo Vicario. Fue un asunto de dolor.

En el libro se narra: “La realidad parecía ser que los hermanos Vicario no hicieron nada de lo que convenía para matar a Santiago Nasar de inmediato, sin espectáculo público. Sino que hicieron mucho más de lo que era imaginable para que alguien les impidiera matarlo, y no lo consiguieron”.

En otro episodio del libro se cuenta: “Alguien que nunca fue identificado habría metido por debajo de la puerta un papel dentro de un sobre, en el cual le avisaban a Santiago Nasar que lo estaban esperando para matarlo y le revelaban el lugar y los motivos, y otros detalles muy precisos de confabulación”. Continúa: “El mensaje estaba en el suelo cuando Santiago Nasar salió de su casa, pero él no lo vio, ni lo vio Divina Flor, ni lo vio nadie hasta mucho después que el crimen fue consumado”.