SOY SEGUIDOR DE VARGAS LLOSA

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
eramirezcapello@gmail.com

Lo conocí en 1969 en el auditorio de Medicina del hospital José Joaquín Aguirre de la Universidad de Chile, en el popular barrio Independencia.

Era Mario Vargas Llosa, el escritor peruano, uno de los principales invitados al Congreso Latinoamericano de Escritores, con sede en Chile. Me deslumbró con el juego de sus metáforas, el arte de su prosa.

Y, en lo esencial, el carácter de su conversación, que siempre me apasiona.

Llegué allí por la pauta de Luis Sánchez Latorre, entonces mi jefe y organizador del Congreso.

Todos aplaudíamos a Vargas Llosa.

Habíamos leído sus primeras obras, con entusiasmo y admiración.

Armé una crónica con armonía e independencia, que días después le mostré al autor peruano.

Le agradó.

Desde entonces me convertí en uno de sus apóstoles. Hasta hoy.

Como la mayoría de los escritores del boom latinoamericano, fue seguidor de la revolución cubana.

Muy cercano a Fidel Castro. Pero cuando el barbudo líder acentuó su afinidad con el comunismo, Vargas Llosa se desencantó y se alejó.

Eso le trajo desencuentros con Gabriel García Márquez, de quien había sido muy amigo.

Y la anécdota recuerda otros episodios, con puñetazos incluidos.

Vargas Llosa tomó posiciones vecinas del liberalismo económico.

Hoy critica severamente al populismo.

El populismo tiene una muy antigua tradición, aunque nunca alcanza la magnitud que ostenta hoy en el mundo. Una de las dificultades mayores para convertirlos es que apela a los instintos más acendrados en los seres humanos, el espíritu tribal, la desconfianza y el miedo al otro, al que es de raza, lengua o religión distinta, la xenofobia.
El patrioterismo, la ignorancia.
Por eso prende tan fácilmente en sociedades que experimenta cualquier crisis situación imprevista. Como ocurrió en Europa hace treinta años, cuando el fascismo y el nazismo conquistaron a grandes masas, que aturdidas y fanatizadas por las ideologías nacionalistas y racistas de caudillos estentóreos y carismáticos como Mussolini y Hitler, precipitaron un cataclismo que causó treinta millones de muertos y dejó al Viejo Mundo descastado
”.