SANTA MADRE QUE ESTÁS EN LOS CIELOS

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
eramirezcapello@gmail.com

Huelo el pan amasado con sus manos blancas, veo el brillo policolor de las guirnaldas que cosían las muchachas en el traspatio.

Siento el olorcillo de las cáscaras de naranjas tostadas en la estufa. Y el aroma de los conos de eucaliptus detrás de la casa veraniega.

En mi memoria reaparece su firma graciosa y alegre en nuestra libreta de notas. Mis oídos son una caracola que repite el murmullo del rosario en boca de Virginia y Enrique, nuestros padres, a la hora del crepúsculo.

Con mis hermanos evocamos las tardes en que nos apagaban “Copucha, el colegial” para no hollar el sendero de la inconducta infantil.

Las lecturas de “Vidas ejemplares” en la ruta pía del catolicismo que le trasplantó su padre, inmigrante genovés.

A través de la ventana de la recreación asoma la casa puentealtina, en una calle de sosiego en el antaño. El paisaje precordillerano, con el raco que arrastraba las hojas de otoño.

Nos despedía con su beso gentil y su mirada inolvidable de ojos verdes cuando trepábamos al tren que brincaba por el Cajón del Maipo, entre riscos y riachuelos.

Conjugó el verbo trabajar en todos sus tiempos. Lo hacía sin ánimo de horario y ajena al afán de apetencia devoradora.

Zurció nuestros pantalones de golf y nos engominó acaso excesivamente cuando los tres mayores hicimos la Primera Comunión.

Nos llevó asidos con amabilidad hasta la arquitectura tranquila y modeladora de la Escuela Domingo Matte Mesías, donde nos trazaron a fe y constancia en la devoción cristiana.

Nos amó más allá de todas las fronteras.

A mí y a mi trinidad de hermanos: Claudio, Patricia y Agustín. Y a nuestra herencia de sangre.

Mamá: ahora partiste -permítenos tutearte por primera vez- hacia allá.

Al reencuentro con el único hombre que llevó vigores telúricos a tu corazón: Enrique, nuestro papá.

Nunca te cansaste hasta ayer. Clausuraste tu paso de bondad y semilla, gestos y solidaridad, sencillez y virtud. Ya no escucharás a tus rubios canarios en la jaula.

No llevarás felicidad a multitud de niños con los carruseles musicales, las minibicicletas y las pelotas saltarinas de tu juguetería en la avenida principal.

Se cerró el pórtico de la etapa feliz en que te acompañábamos al centro de Santiago a comer sin apego a dietas.

No escucharemos la orquesta que nos acompañaba bajo la escalera familiar para amenizar las fiestas de Concha y Toro 0165, en Puente Alto.

Los postigos del ayer se cerraron, los cerrojos se corrieron para sellar tu vida.

Todos te lloramos porque te amamos. Tus hijos, tus nietos, tus bisnietos, tus sobrinos, tus nueras, tu yerno, tus hermanas.

Virginia: con ese nombre solo tú podrías traer un hijo en Navidad: Agustín.

Tenías que morir en primavera, la estación de los poetas y las magnolias. Del refresco matinal, de la alegría con que emigras.

De la paz que conoces. De la paz que nos dejas

(Extracto del discurso a la muerte de mi mamá, el 13 de octubre de 2007).