SIN DIARIO DE PAPEL

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
eramirezcapello@gmail.com

Aprendí a leer en los periódicos.

No en el Silabario del Ojo ni en el Hispanoamericano.

Mi papá era el distribuidor de diarios en la comuna de Puente Alto.

Nos llevaba ejemplares a la casa.

Virginia, mi mamá, nos leía en voz alta. Yo escuchaba con ingenuidad y dedicación.

Nos mostraba las letras a Claudio, a Patricia y a mí.

(Agustín nació mucho después).

Fue la lección inaugural.

Por cierto tomé el mejor cauce en el colegio.

Primero en la Escuela Consolidada, vecina al canal. Solo memoro a la señorita Lucy, porque con ella aprendí a leer de modo disciplinado y atento.

Fueron dos años y ya podía entusiasmarme con los diarios.

Me trasladaron a la Escuela Domingo Matte Mesías, de los Hermanos de La Salle.

Diez años hasta que egresé de Sexto de Humanidades.

En Tercer Año, mi profesor fue Guillermo Pino.

Pasé de curso y estuve con el hermano Roberto. Reforzó nuestros conocimientos y mostró su sencillez protectora y nos hacía recortar plantillas de cartón para proteger los zapatos en tardes de lluvia.

Entonces reaparecieron los diarios como alternativa.

En Quinto nos tomó Víctor Donoso, quien nos contaba el libro “Corazón”, de Edmundo De Amicis.

Nos estimulaba enterarnos de las noticias.

Aún no había televisión en Chile.

En Sexto, el hermano Víctor nos hacía cantar.

Yo no: era tan tímido que me ponía a llorar.

Luego, el hermano Enrique, de inglés, emblemático y líder del curso. (El goleador colocolino Esteban Paredes tiene un insólito parecido con él).

Los diarios y revistas de papel eran imán para mí.

Poco a poco comencé a escribir el diario mural, sobre las habilidades deportivas de otros y que yo no tenía.

En los últimos cursos recibí la influencia de Carlos Clerc, profesor de castellano.

Y principalmente de Jorge Rojas Díaz, de historia, quien pronosticó y alentó mi extenso camino de periodista y escritor.

El martes 1° de mayo no circularon diarios de papel, por acuerdo entre empresarios y suplementeros, para garantizar el descanso de estos el Día del Trabajo. Lo mismo ocurre el 1° de enero.

Eché de menos esa lectura, porque no tengo el hábito intenso de internet.

En el papel destaco la excelencia de la prosa de Cristián Warken y de Agustín Squella.

Marco errores e inauditos cortes de palabra.

Era una tarea permanente para mis alumnos de las Escuelas de Periodismo.

¡Viva el diario de papel!