CONFIESO QUE SOY TU ADMIRADOR

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
eramirezcapello@gmail.com

A ti, Pablo.

Tus primeras raíces estallaron bajo las lluvias de Parral.

Uvas de sabor dulce, paraje exuberante.

Naciste en el vientre de la que se fue definitivamente un mes después.

Te crió tu mamadre, a quien nunca llamaste madrastra, por la dureza de ese vocablo.

Tu oscuro padre era conductor de un humeante tren, que esparcía lastre en medio de las vías férreas.

Tu familia se trasladó a Temuco y tus ojos se desentornaron con la belleza curiosamente ruda del cerro Ñielol.

Eran pobres. Tus calzoncillos los cosieron de sacos harineros.

Te atraían los picaflores y los escarabajos. Jugabas con piedrecillas azules, rojas y verdes, hijas de las tormentas.

Desde la inauguración de tus días te gustó leer y escribir.

Un amiguito estaba enamorado de una vecinita. Le mandaba membrillos y te pidió que le escribieras unas palabras gentiles.

Lo hiciste y pronto ella descubrió que eras el autor. Así se gestó la calidez de tus besos de niño.

Esculpiste unos versos y tu tosco padre te apremió: “¿A quién se los copiaste?”.

Aún adolescente viajaste a Santiago, atraído por los estudios, la noche y la bohemia. Vestías la capa ferroviaria de tu papá.

Dejaste a Neftalí Ricardo Eliecer Reyes Basoalto en el archivo del Registro Civil.

Comenzaste a ser Pablo Neruda, el apellido sustraído al escritor checo Jan Neruda.

Ingresaste a estudiar francés al Instituto Pedagógico, donde descubriste a Albertina Azócar, la de la boina azul, hermana del novelista Rubén, tu amigo.

Tu libro inicial fue “Crepusculario”, financiado con unas monedas que te prestó Hernán Díaz Arrieta, Alone, el principal crítico literario.

Con el tiempo tus afinidades te aproximaron al comunismo y él era vehemente antimarxista.

Fue el mayor analista de tu obra. (Conservo sus maravillosos artículos de cuando ganaste el Premio Nobel en 1971 y a tu muerte el 23 de septiembre de 1973).

Iluminaste el mundo literario con “20 poemas de amor y una canción desesperada”. Se tradujo en multitud de idiomas.

Abundaste en libros y amores.

Te casaste con la holandesa María Antonieta Hägeenar, con quien tuviste una hija, Malva Marina, hidrocefálica.

Casi no la mencionas y la abandonaste. Me confirmaron que solo les enviaste unas monedas dispersas.

Tu segunda esposa fue la aristócrata argentina Delia del Carril, “La Hormiguita”, 20 años mayor que tú. Al final con Matilde Urrutia, cantante lírica.

A todas las incluyes en tus memorias, a las que se agregaron cien páginas: “Confieso que he vivido”.

Yo confieso que te admiro.