El lenguaje del respeto.

Hay que agradecerle a Sergio Lagos que haya puesto las cosas en su lugar. El idioma que hablamos en Chile no es el castellano, menos, por supuesto, lo que el diccionario define como castellano culto.

Hablamos un dialecto limitado, que se basa -preferentemente- en las palabras “malsonantes” , “garabatos”, como solíamos llamarlos. Lo que hizo el joven animador del Festival de Viña del Mar es darle el pase hacia su consagración oficial.

Durante mucho tiempo tuve la esperanza - así lo proclamé en más de un comentariode que habíamos tocado fondo en el “deslenguaje” y que, finalmente, veríamos una reacción hacia un mejor uso de nuestro bello idioma tradicional. Ahora empiezo a creer que es un sueño imposible: la “chuchada” de Lagos sólo fue la culminación, ante millones de espectadores (chilenos y latinoamericanos, si hemos de creerles a los publicistas de Canal 13) de la apropiación y difusión crecientes de un lenguaje que antiguamente reservábamos al hampa y las casas de remolienda.

El propio protagonista de esta historia lo planteó paladinamente. Después de presentar sus excusas, hizo ver que no le parece “tan grave”. Aludía al uso reiterado de términos similares, del cual hubo abundantes ejemplos en los programas faranduleros dedicados al Festival. Fue lo que dijo el profesor Mario Banderas, citado por “La Segunda”: “desgraciadamente la vulgaridad se llama hoy lenguaje coloquial y consigue rating”. Guillermo Blanco, en “La Nación”, centró la responsabilidad en la televisión: El problema, escribió, es que “la palabra humana se viene desvalorizando en el último tiempo. Basta pensar en la presencia devastadora de la televisión. No es que uno la prenda o la apague en su casa cuando quiere. Cuando no quiere, se la imponen otros, en los buses, bancos, hospitales, oficinas públicas, salas de espera de médicos o dentistas, clínicas (en unas cuantas de ellas, el sadismo pone el monitor al lado de un letrerito que dice: “Nuestros pacientes agradecen su silencio”)...
La televisión que ahí “dan” tiende a ser puro bla, bla, bla, sin fin: igual que una cañería rota. Para apreciarlo bien, basta con haber tenido que tragar un matinal mientras se espera a que le hagan un examen de sangre o le entreguen tal o cual formulario”.

Y si de responsabilidades se trata, tal vez corresponde un mea culpa colectivo. La manga excesivamente ancha en materia de lenguaje es apenas un indicador. No es el único y lo peor es que nos cuesta mucho lograr una reacción equilibrada. El presidente subrogante del Consejo Nacional de Televisión amenazó con tratar el “caso Lagos”, pero no han dado señales parecidas frente a la avalancha de seudo humoristas que lo precedió. Tampoco parece haber capacidad para diferenciar entre una auténtica noticia y un ejercicio exhibicionista motivado por el rating. Hace quince años, el CNTV castigó a TVN por mostrar a unas rusas bailando a pecho desnudo en un festival musical.

Es claro que la información debería tener un tratamiento diferente, pero hasta ahora nadie ha reclamado por la forma poco digna en que se mostró a una mujer desvalida que fue rescatada de su casa, donde estaba desnutrida y semidesnuda.

Al final, lo que importa es el respeto por la dignidad de las personas. El lenguaje debería ser un reflejo de ese respeto. Lo mismo que las imágenes.

Publicado en el diario El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas, Marzo de 2006

Nota:
El artículo de Guillermo Blanco se encuentra disponible en: http://www.lanacion.cl/prontus_noticias/site/artic/20060228/pags/20060228175922.html

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