El clic por la culata

A mediados del siglo pasadlo, cuando empezaban a proliferar nuevas tecnologías de la comunicación, el Papa Pío XII abordó el tema con entusiasmo: “Los maravillosos progresos técnicos, de que se glorían nuestros tiempos, frutos sí del ingenio y del trabajo humano, son primariamente dones de Dios, Creador del hombre e inspirador de toda buena obra”.

En su encíclica “Miranda prorsus” subrayó el potencial de las nuevas invenciones.

Algunos de estos nuevos medios técnicos sirven para multiplicar las fuerzas y las posibilidades físicas del hombre, otros para mejorar sus condiciones de vida; pero hay aún otros que miran más de cerca a la vida del espíritu y sirven, directamente o mediante una expresión artística, a la difusión de ideas, y ofrecen a millones de personas, en manera fácilmente asimilable, imágenes, noticias, enseñanzas, como alimento diario de la mente, aun en las horas de distracción y de descanso.

Nadie imaginaba entonces el advenimiento de Internet. La base de la reflexión del Papa fueron la radio, el cine y la televisión. Al hablar de estos inventos y otros que pudieran producirse en el futuro, Pío XII se refirió “con particular alegría, pero también con vigilante prudencia”, a sus posibilidades y eventuales peligros:

El Papa -ni ninguno de sus contemporáneos, salvo algunos selectos autores de ciencia ficción- anticipó la revolución de las comunicaciones, solo comparable a la de la imprenta de Gutenberg. Tampoco la mezcla de consecuencias positivas y negativas que generarían.

Hoy vivimos en un mundo súper-conectado, instantáneo e interactivo, donde las ventajas y peligros de las redes sociales exceden infinitamente la intuición de Pío XII y otros pensadores de su tiempo.

Como sabemos, el punto de partida es que cualquier ser humano puede desahogar públicamente sus opiniones, frustraciones y anhelos sin inhibiciones. Hasta ahora el ejemplo más aplastante era el de Donald Trump y su gobierno por twitt. Pero no es el único, ni siquiera el más arrogante o más descriteriado.

Roseanne Barr, una popular -y muy conservadora figura de la televisión norteamericana- acaba de protagonizar un ilustrativo ejemplo. Entre 1988 y 1997 mantuvo en pantalla “Roseanne”, un exitoso programa familiar basado en sus valores de clase media conservadora. Este año, la red ABC revivió el espacio con enorme éxito. Tres meses después, sin embargo, está muerto y enterrado debido a un traspié fatal. En un twitt que nadie le pidió, Roseanne trató de manera brutalmente despectiva a una ex vocera del gobierno de Obama, Valerie Jarrett. Usó una especie de fórmula matemática: “Si los Hermanos Musulmanes y El planeta de los simios tuvieran un hijo: (sería igual a) vj”.

Casi todo el mundo, desde Hollywood a los programas de farándula en Chile, sabe que los tiempos no están para este tipo de comentarios ofensivos y racistas.

La ABC pidió disculpas y canceló de inmediato el programa, pese a su buen rating.

Lo que nadie anticipó es que Donald Trump, el ídolo político de Roseanne, se subiera por el chorro y haya reclamado de inmediato porque nunca le han ofrecido disculpas por lo que se dice de él en los medios de comunicación.

Junto con la falta de capacidad de autocrítica, también se ha perdido la conciencia ética.

A. S.
1° de Junio de 2018
Publicado en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas