La soledad de Maduro

Fue como un espasmo violento y doloroso. Pero la enfermedad no desapareció junto con los síntomas. La negativa reacción de los venezolanos después que el Tribunal Supremo de Justicia declarara en “desacato” a la Asamblea Nacional, solamente entró en una etapa de tregua inestable luego que el Tribunal echó marcha atrás.

El jueves pasado, el joven Jairo Ortiz de 19 años, falleció por “una herida de bala a la altura del tórax” cuando la Guardia Nacional disolvió un bloqueo callejero. Más que nunca, los venezolanos están convencidos de que deben impedir que el régimen de Nicolás Maduro los lleve una dictadura totalitaria. El Presidente, sin embargo, no lo ve así: “Pequeños grupos quisieron generar violencia, pero fueron neutralizados con la Constitución. Caracas está en absoluta paz y tranquilidad”.

No es lo que piensa la mayoría de los gobiernos de América Latina. Desde el tiempo de Hugo Chávez, se ha esgrimido su origen democrático como defensa de su legitimidad. Pero, ese origen legítimo ya no es suficiente. Las políticas erráticas, el control de los medios de comunicación, la persecución de los adversarios han ido minando el argumento. La decisión de la Asamblea, aunque finalmente fue retirada, convirtió las sospechas en certezas.

Lo dijo la Fiscal General de Venezuela, Luisa Ortega: “En dichas sentencias (del Tribunal Supremo) se evidencian varias violaciones del orden constitucional y desconocimiento del modelo de Estado consagrado en nuestra Constitución(...), lo que constituye una ruptura del orden constitucional”. En su mano tenía la edición de bolsillo de la Constitución chavista que ha sido como un talismán del oficialismo venezolano.

Como si lo anterior fuera poco, en política exterior, las difíciles relaciones con el gobierno chileno se pusieron más tensas luego que un dirigente demócratacristiano llegara como “huésped” a la sede de la embajada chilena.

La crisis de los últimos días ha puesto en evidencia una penosa realidad: Maduro no es Chávez. No tiene, desde luego, la indescriptible verborragia que le costó el insólito llamado de atención del Rey Juan Carlos: “¿Por qué no te callas?”. Tampoco tiene su visión ni, mucho menos, su habilidad política. En su momento, gracias a Chávez, Maduro siguió gozando del apoyo indiscriminado de los regímenes “progresistas” del continente. Ahora solo Bolivia lo respaldó sin reticencia. Cuba optó por la discreción.

Aunque todavía no se puede hablar de una tendencia definitiva, parece que América Latina está dejando de lado la tentación del populismo de izquierda. Hubo un momento glorioso en que estaban en primer plano los hermanos Castro y Hugo Chávez, convertido en el proveedor de petróleo barato para sus amigos, y un grupo aliado, desde Ecuador a Argentina.

A Maduro, en cambio, le tocó el peor momento. Nunca antes estuvo tan solo. Hace cuatro años, en cambio, tenía hasta la bendición del Más Allá. Contó que estaba en una pequeña iglesia de Barinas cuando “de repente entró un pajarito, chiquitico, y me dio tres vueltas acá arriba… Me lo quedé viendo” y silbaron juntos. Maduro lo sintió como una bendición. “Estaba diciéndonos: "Hoy arranca la batalla. Vayan a la victoria. Tienen nuestras bendiciones". Así lo sentí yo desde mi alma”.

Hoy es otra la batalla. Y no la está ganando.

A. S.
Marzo de 2017
Publicado en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas