Clases y Redes Sociales

Columna Tecnológica por José Miguel Santibáñez

La historia, por supuesto, llegó por redes sociales. Todo se inició cuando una alumna de una Universidad entendió que había un grupo privado Facebook donde los estudiantes podían opinar con total libertad acerca de sus profesores, sin que estos se enteraran. Por así decirlo, el equivalente a las conversaciones que hay en cualquier patio de cualquier universidad acerca de sus docentes. Ella escribió que un conocido docente y comentarista no era tan “tolerante” con aquellas opiniones que no le gustaban. Habría sido uno de muchos comentarios más, sino fuera porque a los pocos días, el docente la citaba a su oficina para hablar sobre el tema y pedirle retractación pública. Ella “no pescó” y el docente inició un proceso ético dentro de la facultad contra la estudiante, que entre otras cosas la hizo perder una asignatura (la comparecencia era el mismo día del examen, por lo que ella tuvo que solicitar que le adelantaran el examen). Fruto de dicho proceso, se le exigió que publicara la retractación de manera pública y notoria. Como su defensa consistía en que lo había publicado en un grupo cerrado, al que el docente no tenía acceso, se dirigió a la federación para que se reestudiara su caso, lo que significó que la situación escaló desde su facultad a las autoridades de la Universidad, bajo la acusación de “abuso de poder”. Surgieron entonces, otras declaraciones sobre la supuesta intolerancia del docente.

Mientras se realizaba la investigación, el docente decidió dedicar una columna a la situación de “desmedro” en la que los profesores de esa institución se encontraban, ya que ciertos “grupos de poder” ponían en entredicho su “libertad de cátedra”. Al poco tiempo, 55 docentes de la Universidad respondieron indicando que ellos no sólo no tenían problemas de libertad de cátedra, sino que tampoco se sentían amenazados por los estudiantes. Inmediatamente, el docente en cuestión, respondió que ya que ninguno de los 55 académicos le había manifestado su apoyo ante la “injusta acusación”, sólo se podía deber a que estaban tan asustados, que publicaron la carta sólo para “evitarse problemas”.

Sin embargo, y sin que se haya completado la investigación, el docente, se declaró tan profundamente afectado, que decidió retirarse, y lo informó en una clase a sus estudiantes: “ahora podré decir lo que quiera, ya que no seguiré el próximo año”. Esa tarde, se publicó en un medio esta declaración. En respuesta, el docente envió un correo electrónico a sus estudiantes, instándolos a reconocer cuál de ellos había faltado a la ética, haciendo público lo dicho en clases (“lo cito a conversar en presencia de dos testigos, uno suyo y otro mio”). La carta también salió a los medios. Según se indicó en redes sociales, el docente también habría considerado la publicación de la carta, como otra grave falta a la ética estudiantil.

Hasta aquí el resumen de los hechos. Pero una pregunta prevalece: ¿Cuán públicas son las redes sociales? Casi todas las universidades tienen grupos Facebook cerrados de sus estudiantes, en ellos hay desde “confesiones” (de las inconfesables) hasta comentarios de todo tipo respecto de los docentes. Funcionan bajo la idea de que la publicación es privada y no llega a los docentes (como académico, nunca me han mostrado algún comentario de ese tipo, ni quisiera que me los mostraran). Por otra parte, columnas de opinión y cartas a los medios son claramente públicas. Pero los correos electrónicos, están en una situación similar a las cartas, son privadas, a menos que una de las partes las decida publicar (“carta abierta” si es quien la remite, o publicación del receptor). ¿Y qué queda para los comentarios hechos en clases? Muchos estudiantes usan sus celulares para registrar lo dicho y hecho en una clase Se entiende que es para estudiar… ¿pero si son otro tipo de comentarios?

Hay una conversación abierta sobre el uso de la tecnología en clases que, en su esencia, siguen realizándose sin grandes variaciones desde que se acuñó el concepto de cátedra. El profesor expone (con más o menos apoyo tecnológico) y los estudiantes “toman nota” (también con más o menos apoyo tecnológico). Por supuesto, hay quienes “no están ni ahí” con la clase y se dedican a navegar por internet o chatear con amigos. No son pocos, como indicó el periodista y ex profesor uruguayo Leonardo Haberkorn quien informó que no seguiría haciendo clases de periodismo a través de su blog (la publicación es de diciembre del 2015, y se ha “viralizado” en redes sociales más o menos una vez al año, con lo que varios medios le dedican tiempo) debido al cansancio de “pelear contra redes sociales”. Aclaremos, no es que los docentes estemos “en contra de las redes sociales”, pero claramente muchos aún tenemos la vieja cultura de la sala de clase. En lo personal, tuve varios “profesores” que claramente abusaron de su poder en una época en que era -tristemente- lo habitual. Pero también tuve profesores que contagiaron su entusiasmo por sus materias (y es lo que aún intento cada vez que voy a dictar una clase). Si hace 30 años “pelábamos” a los distintos profesores en el patio de la universidad, hoy los actuales estudiantes no sólo hacen eso, sino que usan el “patio virtual”. Y eso no va a cambiar. Pero también es un hecho que la tecnología ya está en los estudiantes, y parece que lo único que nos queda, como profesores, es usarla en nuestro beneficio, sea con aplicaciones de realidad aumentada, sea con sistemas de interacción on-line, o sea -incluso- con esquemas de uso de redes sociales. Sin olvidar nunca, que a fin de cuentas, es cada estudiante el que decide que es lo que quiere o no hacer en clases. Nosotros sólo podemos evaluar si los conocimientos que intentamos transmitir (bien o mal) fueron aprendidos.