La metáfora de la Industria.

Columna Tecnológica por José Miguel Santibáñez

El presidente Piñera habló de la “industria de la educación” y por supuesto, sus seguidores lo aplaudieron y sus detractores le hicieron ver lo “poco feliz” de su intervención (si, otra metáfora).

En general, hay tres grandes definiciones de industria: La maña y destreza o artificio para hacer algo; el conjunto de operaciones materiales para procesar productos y la actividad económica asociada a la transformación de determinados productos. Dificilmente la metáfora del presidente se podía referir a la maña de hacer algo (aunque si podremos estar de acuerdo en que ser un buen profesor requiere maña, destreza o artificio). Y tanto en la defensa como en el ataque a la declaración, queda claro que no se refería a la actividad económica como algo genérico del país.

Queda el conjunto de operaciones materiales para procesar productos, así como el lugar físico donde ello ocurre. Y es en esta definición donde se debería analizar la metáfora.

Conviene hacer presente que hay dos tipos generales de industria, aquellas donde la materia prima tiene claras definiciones de calidad (por ejemplo, metales) y aquellas donde la selección queda al arbitrio del encargado de adquisiciones (por ejemplo, restaurantes). Y en ambas, hay una definición formal de qué procesos, por cuanto tiempo, y bajo que condiciones, transforman la materia prima, en el producto deseado (incluso con definiciones de productos intermedios).

El problema de la metáfora de la industria de la educación, parte en ese punto. Históricamente, muchos colegios hacían selección de sus estudiantes, para intentar garantizar el éxito de los procesos. Muchos, incluso, mantenían los criterios de selección del “producto intermedio” (es decir, del estudiante al completar un año escolar) y se le pedían promedios mínimos o notas para mantenerse en el colegio. La situación cambió cuando se legisló que sólo los colegios privados (de pago) podían hacer algo así (con selección inicial por el costo y, adicional, de notas año a año).

Cómo extensión de la metáfora, el Ministerio de Educación establece, en gran medida, la forma de los procesos productivos (es decir, los planes y programas, e incluso que materias y en qué profundidad deben verlas en cada clase) asumiendo, además, que en los procesos anteriores (los cursos previos) se vio todo lo esperado.

En una línea parecida, en los indicadores de calidad asociados a Universidades, Institutos Profesionales y Centros de Formación Técnica, se propone el indicador de “titulación oportuna”, es decir, se considera mejor aquella institución que, si declara que determinada carrera requiere de 4 años para completarla, los estudiantes deberán salir en 4 años. Lo que en la práctica se traduce en que ningún estudiante debiera reprobar asignaturas (o que, de ocurrir, la institución provee remediales, como por ejemplo los semestres intensivos de verano e invierno).

En las instituciones de educación superior, se espera una “materia prima” más uniforme, pues los estudiantes eligen libremente la carrera a estudiar (lo que es una pobre garantía) pero en los colegios, sólo se tiene la definición del año de nacimiento.

Lo malo de la metáfora de la industria de la educación, no es que se use como metáfora, sino que se use como algo real. Hoy, que quienes estudian pedagogía proponen los modelos constructivistas (donde cada estudiante, y a su propio ritmo, “construye” su propio saber) donde los profesores debieran ser facilitadores del proceso y no “apaleadores de conocimiento”, donde se puede requerir más tiempo en determinado debate, porque los estudiantes están “sacando algo en limpio” y estamos ganando en análisis, más que mera memorización, la idea de un proceso que “carga conocimiento” es anacrónica y va en un sentido contrario a las teorías de aprendizaje “significativo”.

Pero lo peor de la metáfora, es creer que basta un proceso ordenado y repetitivo (que se hace año a año) va a obtener los mismos resultados al ser aplicados sobre estudiantes diferentes, con capitales culturales distintos, con apoyos familiares diferentes, con historias de vida disímiles. Peor aún, si el único modelo de evaluación del que disponemos (las notas por pruebas o trabajos) tienen distintos niveles de aplicación y, al final, una nota alta no garantiza un aprendizaje real.

Creo que se equivocan los que piensan que el presidente utilizó una metáfora, la industria, respecto de la educación, es una patáfora.